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El enfrentamiento de Morena llega a la Cámara de Diputados

“Morena es un membrete sin vida”. “Morena está secuestrado”. “Morena le ha fallado al presidente”.

Estas no son las palabras de un opositor ni de un exmilitante que salió en malos términos, sino las frases de algunos de los aspirantes a ocupar los cargos directivos dentro de la agrupación.


Desde hace más de un año, la formación ha librado una batalla fratricida por el control del instituto. Yeidckol Polevnsky, que asumió la presidencia después de la salida de López Obrador para asumir la campaña de 2018, y Alfonso Ramírez Cuéllar, presidente interino desde enero, se han enfrascado en un pleito que entraña acusaciones de fraude, denuncias penales y mucho bochorno para el partido. El Tribunal Electoral, el Instituto Nacional Electoral y el propio López Obrador han sido llamados para mediar.


Tras varias impugnaciones ante las autoridades electorales, se ha definido un proceso de selección por encuestas, que se llevará a cabo entre el 26 de septiembre y el 2 de octubre, con una convocatoria que se abre formalmente este viernes. En juego no solo está el reparto de candidaturas en las elecciones de 2021, donde se elegirán más de 2.000 cargos, sino el futuro del partido después de que concluya el mandato de López Obrador en 2024: su estructura, sus procesos internos, su papel como decano en el movimiento lopezobradorista, la renovación de sus liderazgos y, hasta cierto punto, la conciliación con sus propias contradicciones.



Entre los aspirantes está Mario Delgado, coordinador del grupo parlamentario en la Cámara de Diputados y parte de una facción más proclive a la negociación con otros partidos y a la moderación, personificada por figuras como el canciller Marcelo Ebrard. También ha levantado la mano Gibrán Ramírez, que ha pertenecido al partido más de la mitad de su vida (apenas rebasa la treintena), tiene amplia presencia en medios y redes sociales, y aboga porque el partido sea dirigido por primera vez por una persona formada en él. Otro es Alejandro Rojas Díaz Durán, exsecretario de Turismo con Ebrard, pero más ligado a Ricardo

Monreal, el coordinador de la bancada en el Senado y de quien es senador suplente.


Monreal, que perdió el proceso interno a la candidatura por el Gobierno de Ciudad de México en una encuesta en 2017, es una figura que despierta filias y fobias profundas en Morena, pero también es uno de los operadores políticos más hábiles del movimiento. En la jugada también siguen Polevnsky y Ramírez Cuéllar, a falta de que se definan las candidaturas.


Para el cargo de secretario general han aparecido Donají Olivera, diputada en el Congreso de la capital, y Antonio Attolini, antiguo miembro del movimiento estudiantil #YoSoy132 que también ronda la treintena, defensor vocal del presidente en redes sociales y una de las voces más polémicas dentro y fuera de Morena. La definición de bandos no es del todo clara, etiquetas como “pragmático” o “radical” se quedan cortas y las tensiones son constantes. El propio caos dentro del partido, que no cuenta con un padrón de militantes confiable ni actualizado, promete arrojar más gasolina a los conflictos internos.


Morena nació como la coalición que abanderó la segunda candidatura de López Obrador a la presidencia en 2012, cuando aún pertenecía al Partido de la Revolución Democrática (PRD).


Tras la elección, la relación entre López Obrador y el PRD se desgastó definitivamente y terminó con 23 años de militancia. Morena consiguió el registro para las votaciones de 2015 y eventualmente consolidó su tercera candidatura a la presidencia en 2018. Morena era entonces un partido de corte personalista, con un liderazgo claro que iba sumando fuerzas conforme su dirigente se afianzaba como la opción con más probabilidades de llegar al poder.


El nuevo partido terminó por absorber gran parte de la militancia y los liderazgos del PRD, y conforme se acercaba la elección, el cálculo de López Obrador fue que abrir su abánico de alianzas más allá de la izquierda aumentaría sus oportunidades de ganar. Sumó a evangélicos, antiguos rivales del conservador Partido Acción Nacional (PAN) y exmilitantes del cuestionado PRI.


Morena rompió en ese momento con el molde de partido tradicional y se afianzó como movimiento, una amalgama amplia que materializara un cambio de régimen. Su versión más amplia incluye al PT, al PES y, ahora, al Partido Verde Ecologista, señalado como un satélite oportunista que se ha aliado con todos los Gobiernos desde 2000. Su versión acotada se reduce al partido. Es así como miembros del Gabinete, diputados, senadores y gobernadores de Morena pueden tener opiniones y agendas diametralmente distintas, con un solo hilo conductor: la lealtad a López Obrador. Y es así como el método de selección por una encuesta, marciano para otras formaciones, o incluso tómbolas para definir candidaturas son parte de los equilibrios que ha encontrado el partido.


Morena se topa por su historia con una serie de preguntas existenciales: ¿Quién es legítimamente miembro del partido? ¿Será un partido o un movimiento fuera del molde partidista? ¿Podrá combatir la tendencia histórica de la izquierda de fragmentarse? ¿Qué va a pasar cuando López Obrador se retire de la escena? Sorprendentemente, el presidente, la voz que dirime todas las diferencias y establece la línea, ha decidido no intervenir en el proceso de su partido y ha instado a los protagonistas a ponerse de acuerdo para conseguir la legitimidad del pueblo, un actor central en el discurso de la Cuarta Transformación.


Una encuesta telefónica de Massive Caller realizada este martes da a Delgado casi un 42%, frente a un 24% para Ramírez, poco menos de un 20% para Polevnsky y un 14% para Rojas Díaz Durán. La carrera por el control de Morena, sin embargo, aún es larga y la experiencia abre las posibilidades para todos los escenarios, sobre todo en una encuesta abierta para militantes y simpatizantes. En un sistema de partidos erosionado, en una población de votantes con cada vez menos referencias ideológicas y con las complicaciones logísticas de la pandemia, Morena busca vencerse a sí mismo en las urnas, mientras López Obrador mira a un costado de la cancha.

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